domingo, 6 de noviembre de 2011

Mendoza:Fueron padres gracias a tres niños haitianos


Fuuente:Diario UNO Mendoza

Claudia y Gustavo cumplieron su sueño tras intentar sin suerte en el sistema de adopción local.
06-11-2011

Cecilia Osorio
cosorio@diariouno.net.ar
Claudia Valverde y Gustavo Rubio miran a Magdalie (7), Calens (2) y Melissa (1 años y 7 meses) mientras éstos les reclaman una y otra vez muestras de atención y cariño. En esa casa de barrio de Godoy Cruz donde se reproduce la escena, se escapa por la ventana el sabor de la felicidad plena por un sueño cumplido con sacrificio y un acto de amor inobjetable.

Los pequeños hijos adoptivos sellaron el proyecto de familia que arrancó hace diez años, cuando el matrimonio se conoció, y que adquirió fuerza un poco más tarde cuando, intentando que esa ambición se lograra naturalmente, no pudieron hacerlo por impedimentos biológicos.

Después de superar el camino de los tratamientos para procrear y de resistir la espera del sistema de adopción nacional –en él se inscribieron hace ya varios años, llegando incluso hasta Chaco para poder convertirse en padres–, Claudia y Gustavo adoptaron a los tres chicos haitianos hoy sentados a su lado, sobrevivientes del terremoto de enero de 2010, que pese a no ser hermanos de sangre tenían en común la necesidad de una vida mejor.

“El tiempo es eterno, sobre todo si se considera que nosotros hicimos tratamientos médicos para tener hijos, sin ningún resultado. Cuando vimos que en Mendoza la situación se dilataría aún más, decidimos presentar la solicitud y nuestra carpeta en Chaco. La demora era similar. Eso nos impulsó a buscar otras alternativas”, cuenta la ahora madre de los niños que adaptados al nuevo entorno llevan y traen sus juegos, mientras el padre del clan familiar suma datos a la cronología.

“Escuchamos por la radio una nota sobre los niños de Haití. Investigamos en internet y nos contactamos con un orfanato en 2009. Con el terremoto la tramitación se complicó”, dice Gustavo, corredor inmobiliario, mientras su esposa, abogada, habla del proceso judicial: “Con una información sumaria de los juzgados de familia locales y el certificado de aptitud (idoneidad para adoptar), accedimos a una evaluación psicológica en el Registro Único de Adopción, entre otros exámenes. El expediente volvió a los respectivos juzgados y una sentencia nos habilitó. Esa documentación fue la que enviamos a Haití, donde el proceso demoró 8 meses, contra los casi 9 años que deberíamos haber soportado en nuestro país” (ver aparte).

El primer encuentro
“Estamos hablando de un país en el que no existe la energía eléctrica, que no tiene agua potable, ni gas natural, donde la estructura familiar se desmorona por la necesidad de sobrevivir: cocinan a leña, se alumbran a vela y toman lo que pueden. Por eso, en nuestra primera visita las madres se agolpaban en la puerta del hotel donde estábamos y nos pedían que cuidáramos a sus hijos. ‘Lo mejor que les puedo dar a ellos es salvarles la vida’, me decían”, explica Rubio.

Bárbara Walker es un nombre que en la vida de esta familia mendocina tiene vital relevancia. Es la encargada del orfanato Reach Out to Haiti, situado en las afueras de Puerto Príncipe (capital de Haití), que alberga a unos 30 niños nacidos en un contexto social de extrema vulnerabilidad, cuyos padres, emergentes de la misma situación, deciden dar en adopción, sin muchas más opciones.

Fue esta mujer la que, cruzándose en la historia de Claudia y Gustavo, la completó con los nombres Magdalie, Calens y Melissa.

En agosto de 2010 se produjo el primer contacto: los tribunales haitianos ya habían aprobado la adopción –luego de que el matrimonio se reuniera con Bárbara en Buenos Aires–, y los tres niños los esperaban en el aeropuerto.

“Fueron 30 días de amor, nos vinculamos y regresamos más convencidos que antes. Buscábamos un niño, pero no descartábamos adoptar hermanos. Sin embargo, nada de eso pasó: conocimos a tres pequeños de diferentes familias que enseguida sentimos como nuestros”, compartió Claudia.


Melissa completó la familia
El periplo no fue sencillo. De regreso a la Argentina por Estados Unidos al matrimonio le robaron parte del equipaje con elementos, indumentaria y juguetes para los niños. “La empresa de vuelos que nos trasladaba reparó el hecho y nos regaló dos nuevos pasajes para volver a verlos”, sumó Claudia.

En abril de 2011 llegaron Magdalie y Calens. Por un error en el trámite del pasaporte, Melissa debió esperar unos meses más y se sumó a la familia recién hace una semana. “Fue duro, queríamos que estuvieran todos acá”, cuenta el padre, que sostiene a la más pequeña en sus brazos, como lo hace durante toda la charla.


Magdalie en el primer grado
Con sólo unos meses en estas tierras, Magdalie, quien se autobautizó como la niña “chicle” y le puso de sobrenombre a su hermana menor “frutillita”, fue incorporada en una escuela pública local.

Asiste al primer grado de la Juan Martínez de Rosas –a pocas cuadras de su nuevo hogar–, institución que en un principio iba a recibirla en calidad de oyente pero que por sus notorios avances determinó aceptarla como alumna regular. Su capacidad la demuestra en cada bocadillo que introduce en el encuentro, con un español tan claro que sin embargo no opaca su kreyòl ayisyen (criollo haitiano).

Al momento de las conclusiones, mientras los chicos se escapan de las miradas de sus padres y llevan a los perros Pompón, Piquitín, Wendy y Flaca al patio, el matrimonio entiende que “más allá del deseo de ser padres hay que pensar que estos niños, víctimas del desastre en sus zonas de origen, están sufriendo y esperando el milagro de alguien que pueda darles lo que allí no tienen”.

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