jueves, 24 de marzo de 2011

21/03/2011 - Adoptaron dos chicos Down y pelean por un tercero (Santa Rosa-La Pampa)

Tienen cuatro hijos biológicos y otra adoptiva. Los Lonegro decidieron darle “una familia a alguien que lo necesite”. Eligieron a Lola y Ale, y buscan la adopción plena de Tobías. Dicen que criarlos es igual que con un nene normal, pero con más atención.

Clarìn.com Sociedad


A la felicidad hay que buscarla. Perseguirla, trabajársela. Ana y Mario Lonegro la encontraron allí donde otros ven sólo desdicha : tienen cuatro hijos propios y otros cuatro adoptados, tres de ellos con síndrome de Down (uno todavía en un largo trámite legal); las ocho siluetas de plata que cuelgan del collar de esta mamá.
Se conocieron en Buenos Aires en 1979, donde Ana (53) ya era maestra jardinera y Mario (51) estudiaba arquitectura. Ambos crecieron cerca de familias numerosas.
“Me apasionaba la de mi primo Gabriel, que son seis hermanos” , cuenta Ana. Mario tiene un matrimonio de tíos con discapacidad motriz, que adoptaron a sus tres hijos.
“Poner lo que vos tenés a disposición de alguien que lo necesita, nos pareció lógico y sencillo. Somos de charlar mucho, y ante la posibilidad de que los hijos no fueran biológicos, la opción de la adopción estuvo charlada antes de la convivencia”.
Llegaron tres varones. Tomás tenía 6 años, Pedro 4 y Sebastián, un año y medio, cuando reflotaron la idea de “dar una familia a alguien que lo necesita” . Cuando se anotaron, sólo pidieron que el niño o niña no superara los 6 años, para ensamblar con los propios.
“Jamás preguntamos si tenían sida” .
A los dos meses –el 8 de marzo de 1990– llegó Soledad, de 3 años y medio.
“Era pequeña, por problemas de desnutrición. Se comía los crayones. Hablaba muy rápido y no se le entendía nada. Era muy ágil” , recuerda Mario.
“Enseguida armaron equipo con Seba” , cuenta Ana.

Conseguir la adopción plena llevó seis años.
Tiempos durísimos para esta madre y este padre, sin cobertura social para una hija con un problema nefrológico, por el que debieron llevar al cirujano hasta el juzgado, para que autorizara la operación que lo resolvió. Entretanto, intentaron “el último tiro”, dice Seba, para ver si venía la nena. Y vino Mariana, hace 18 años.
“La adopción de Sol me generó un sufrimiento tremendo –evoca Ana–.
‘Yo no le estoy robando el chico a nadie’, le dije a la asistente social. ‘Tenemos cinco y estamos cubiertos. Llamanos sólo cuando haya un chico realmente necesitado, que no lo quiera nadie. Por ejemplo, que tenga una discapacidad’” .
Así llegó Lorena. Sin estimulación temprana, a punto de cumplir 5 años usaba pañales, apenas caminaba, no veía (su visión es del 30%, pero no tenía anteojos), ni hablaba.
“Tuvimos que salir a buscar chicos con síndrome de Down para mostrarles a nuestros hijos y explicarles”.
Lola –como le dicen– tenía 8 años cuando llamaron del juzgado de menores. Alejandro, de 8 meses, estaba con una familia sustituta que lo había atendido muy bien.
“Ya estábamos agrandados, el síndrome de Down no nos era desconocido” , sonríe Mario.
“Para las nenas era un juguete” , recuerda Ana.
Su llegada provocó reacomodamientos entre los hijos, que pujaban por mantener su lugar en el afecto de mamá y papá.
“No eran sólo hermanos discapacitados sino hermanos adoptados –reconoce Seba–.
Me costó aceptarlos, a todos. Pero después, para mí era un orgullo tener muchos hermanos” .
“Mis amigos me preguntaban, y yo les respondía. Y siguieron viniendo a casa, y siempre tuvieron muy buena relación con nuestros hermanos” , comenta Pedro.

Una casa en la que no sobra la plata.
Se nota en los muebles atestados, y en los rincones optimizados para que cada uno tenga su espacio. Mario enseña física y matemática en escuelas secundarias, y los encargos como arquitecto e instalador de gas son un extra.
“Tuvimos épocas tremendas, a punto de perder la casa –admite Ana–.
Estamos juntos, que es lo importante; el resto va y viene” . Una casa donde también hay lugar para plantas y bebederos para los colibríes.
Al no haber especialistas en síndrome de Down en La Pampa, en 2004 se juntaron con otros padres.
“Formamos la Asociación Caleuche y comenzamos a investigar. Vamos a dar charlas, a mostrar que no es un drama. Es lo mismo que un chico normal, pero por más tiempo” (ver Un secundario...)
A tal punto, que hace tres años y medio, cuando los llamaron por otro bebé Down, de un mes de vida, “lo charlamos bastante y dijimos que sí ”. Ya no eran tan jóvenes, y estos hijos demandan la atención de profesionales, dos o tres veces por semana: kinesiólogo por ser hipotónicos, fonoaudiólogo por la afectación de la zona del habla, psicopedagoga, oculista cada seis meses, cardiólogo para el más pequeño. A Ana le gustan las manualidades.
“Recién hacía un año que había retomado sin que Ale se comiera mis elementos de trabajo. Me dije: si la Virgencita me lo mandó, es por algo”.
Tobías es un simpático torbellino que aún no habla, pero se hace entender.
“La semana pasada lo bajamos del techo. Nos mantiene superactivos”.
Sin embargo, no es un hogar caótico. Y tres de los mayores, que por estudio o trabajo ahora están lejos de Santa Rosa, extrañan hasta las lágrimas a los pequeños.
Aunque hace más de tres años que Tobi está con los Lonegro, recién son apenas familia sustituta y el benjamín no tiene obra social.
Los trámites para lograr la adopción plena van para largo, pero no piensan aflojar.
“No es resignar: es elegir” , aclara Mario.
“Yo lo elegí –completa Ana–.
Entonces, ¡a tomarlo con alegría!” .
Sibila Camps

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